Al final de la ciclovía

El tráfico era igual que todos los días a las 6:00pm. La ciudad estaba infectada de luces rojas a lo largo de la avenida. Todos los días era así, no era ninguna novedad para Lucía, por lo que ella siempre iba preparada con un buen libro, después de todo, había que aprovechar al máximo esas 2 horas en el camino.

 

Lucía, una chica de provincia de 24 años, llegó a Lima un 13 de diciembre de 2014 en busca de nuevas oportunidades. Su adaptación a la vida de ciudad no fue nada fácil, los ruidos, tráfico, polvo, le hacían anhelar su pequeño pueblo, su pequeño hogar. Al pasar los meses dio con una actividad que le ayudaba a llevar el día a día en la ciudad, montar bicicleta. Era impresionante como ese vehículo de 2 ruedas la llevaba más allá de su realidad, hacía volar su imaginación, era un escape sin duda alguna, un escape de la rutina, pero sobre todo un escape a la ciudad, aunque en ningún momento salía de ella.

 

Dejo de leer a los 20 minutos de haber comenzado, no podía dejar de pensar en su salida de esa noche, no podía dejar de pensar en su recorrido en la bicicleta. La semana pasada había descubierto una nueva vía y estaba ansiosa por probarla, por sentir el aire en su rostro. No podía dejar de pensar en aquel nuevo camino – Señorita, un permiso por por favor. De ésta forma Lucia salio de la profundidad de sus pensamientos y cayo en cuenta que en se había pasado su paradero. Sin vacilar, bajo en la siguiente parada y se puso en marcha a su hogar.

 

Lucía trabaja como diseñadora web en una agencia de la ciudad, el trabajo no era malo, de hecho, le gustaba mucho, y la paga también. En más de una ocasión había considerado en trabajar como freelancers, desde la comodidad de su hogar; o al menos eso imaginaba, pero hasta ahora no encontraba las fuerzas y determinación para dar el salto, era solo uno de esos veremos. Le alcanzaba para alquilar un mini departamento de 50 m2, con cocina – comedor, baño y su habitación. La bicicleta la guardaba en el estacionamiento del edificio. Era increíble como había avanzado tanto el uso de éste medio de transporte, que ahora hasta los estacionamiento tenían un espacio solo para ellas.

 

Sin pensarlo dos veces entro como una flecha en su habitación. Rápidamente se despojo de sus prendas de trabajo y se colocó su indumentaria de ciclista aficionada: Licras, polo deportivo, zapatillas, guantes y su casco. Hizo una parada reglamentaria en la cocina, para llenar su suministro de agua para el recorrido de ésta noche. Tomo su mochila, mini-linterna para la bicicleta y bajo a todo marcha hasta el estacionamiento del edificio por su bicicleta. Nadie la vio entrar, nadie la vio salir, ni el recepcionista del edificio se percato de ella, nadie supo con certeza si esa noche fría de abril Lucía llego a su casa. Pero, Lucía no se imaginaba tampoco que sería la última vez que vería su pequeño hogar, tal vez así, si se hubiera preocupado por hacerse notar.

 

A pesar del frío el cielo limeño se encontraba estrellado, el cielo; de un color oscuro mate, era una sábana de puntos luminosos, de pequeñas estrellas ¿Quizás planetas lejanos? O el último suspiro de una estrella muerta. Al bajar hacia la costa el viento acariciaba su rostro, escuchaba no muy lejos; se podía ver desde donde estaba y todo el recorrido, las olas del mar rompiendo contra la orilla de la playa, era un sonido hermoso y relajante, tanto como andar sobre esas dos ruedas. El camino inicial era una bajada en forma de “S”, por lo que tenia que ir frenando cada tantos metros para tomar la curva pronunciada que se aproximaba hacia ella.

 

El sonido de las olas, el viento sobre su rostro, el olor del mar, la velocidad de su cuerpo, causaban en ella una sensación de placer inexplicable.

 

¿Algunos vez vieron el camino de la serpiente de Dragon Ball Z? Éste camino era igual; al terminar la bajada curva tras curva, se acercaba a ella, con la diferencia de que en un lado tenía mar y en el otro el circuito de autos de la costa verde.

 

Llevaba 30 minutos de recorrido cuando Lucía se percato de que se había introducido en una niebla espesa. No podía ver a más de 1 metro de distancia, por un momento dejo de escuchar el sonido de las olas, el sonido de los autos pasar por la costa verde. Pensó en volver pero, ya estaba ahí ¿No? Solo quedaba seguir hacia adelante; más tarde se arrepentiría de esa decisión. De un momento a otro la niebla se disipo y dejó ver a su paso tres domos, tres domos blancos dentro de un terreno circular, eran casi del tamaño de un edificio de 3 plantas, rodeados por cercos de madera a lo largo de toda su circunferencia. Lucia diviso un aparcamiento para bicicletas; exactamente 3, y como era de esperarse aminoro su velocidad hasta quedar a un paso de los puestos y procedió a bajar y encadenar su bicicleta.

 

La cerca que rodeaba los domos no era muy alta; le llegaba apenas a la cintura, por lo que la pudo saltar sin mayor dificultad ¿Que hacían éstos domos aquí? Se pregunto Lucía, una extraña sensación le decía que ya no se encontraba en Lima ¿Pero, acaso eso tenia sentido? Después de todo ¿Qué tan rápido se puede ir sobre una bicicleta?

 

Los tres domos se encontraban en una disposición triangular, donde el más alto; por unos 5 metros no más, se encontraba al fondo, como la punta de un triángulo hubiera pensado Lucía, si acaso los hubiera podido ver desde arriba. A la medida que avanzaba una extraña sensación la recorría, quería correr hacia su bicicleta y tomar el camino de vuelta, pero no lo hacía, el último domo la atraía como un imán al metal, como los focos blancos a los insectos nocturnos, casi podía jurar que le susurraba al oído “Te he estado esperando Lucía”.

 

El piso era de grama artificial, la misma que utilizaban para los campos de fútbol, estaba seco, lo cuál era muy raro para estar en invierno en Lima, y tan cerca al mar. La grama suavizaba sus pasos, hasta que por fin llegó a la entrada del domo principal. Dos metros y medio de altura se asomaban sobre ella, ovalada en su parte superior, la entrada dejaba ver en la profundidad del domo una luz azul, pequeña y circular, fija en lo que parecía el otro extremo del domo.

 

Lucía, acércate más. Se escucho desde las profundidades del domo. ¿Acercarse más? Tiene que ser una broma. Pero no se pudo negar, el sonido de su voz la atraía cada vez más.

 

La oscuridad se fue cerniendo sobre ella, era incluso más pesada que la niebla, ya no se podía ver las manos, solo el punto azul en las profundidades del domo ¿Quién iba a pensar que fuera tan espacioso?

 

Finalmente llego a luz azul, la contemplo por un instante, flotaba sobre la nada suspendida en el aire, era la luz más hermosa que había visto en vida y la vez la más tenebrosa. Un color azul intenso penetraba todo su cuerpo a través de sus ojos, e incluso de sus poros de la piel que tenía al descubierto. En un instante un fuerte resplandor salio, y en ese mismo instante una oscuridad la tomó, como unas manos que se cerraron alrededor de ella y la dejaron exhalar su último aliento al final de la ciclo vía.

 

Por Juan Carlos González /CUENTOS Y RELATOS